Carta N° 30 (Domingo Pródigo carta final)
Luján, Diciembre 20 de 1999
Señoras y señores del presidio.
Estas líneas están dirigidas a todos los hombres y mujeres con los que mantuve correspondencia para anunciarles mi retiro. Cada carta tendrá su correspondiente destinatario en el sobre, porque no quiero que piensen que escribo sin tener en cuenta la identidad y la historia de cada uno de Uds., (ya casi los conozco de memoria) pero no en el interior, o sea en el contenido, por resultarme más cómodo de esa manera; si no la recibieron aún, la van a recibir en breve. Quiero recordarles a los más distraídos que fueron muchos meses de intensos relatos que Uds. volcaron sobre el papel para compartir con un extraño, sus penas y su pasado a veces no tan glorioso, y que leí con sumo placer, pero no por ello exento de dolor. Las cosas que compartimos van a quedar en mi memoria, pero también en el recuerdo de los que por allí han pasado, cuando las lean una vez en libertad. Por mi parte voy a hacer un libro con todas ellas, por supuesto sin nombres propios para no invadir vuestra privacidad, pero con el deseo de que la comunidad conozca más sobre la gente que cumple una condena en un penal penitenciario, la más de las veces de manera injusta, o incluso, con la presunción de inocencia como en algunos de los casos que me tocó leer. Quiero que todos sepan que siempre me puse en vuestros zapatos para poder entender bien lo que ustedes sentían, y como lo estaban llevando; es como decir que compartí la celda con Uds., como más adelante les relato, porque me hubiese sido imposible entender la problemática desde la posición de un escritorio, distante y a la vez alejado de la realidad. No quiero pecar de nostálgico o sentimental porque sería sumar más malestar al que Uds. ya acumulan. Solo decirles que aunque no continuemos con esta forma de comunicarnos, siempre voy a estar al lado de ustedes.
Sé perfectamente que algunos casos van a quedar truncos porque no llegué a contestarlos, pero nunca se sabe, quizás algún día pueda retomar este hábito y responderlos, o incluso los de nuevos actores. También sé que pueden sentirse defraudados porque una vez que mostraron su cara más vulnerable me retiro llevándomela conmigo y los dejo abandonados, pero no todo es como parece. Por lo tanto, y aunque Uds. crean que no hace falta, les voy a contar mi historia, hasta el presente desconocida, para que la sensación de justicia siga presente en vuestros espíritus.
Mi nombre real es Domingo Pugliese. Como se darán cuenta, no podía dar a conocer mi verdadera identidad mientras mantenía correspondencia con convictos de toda clase de calaña, los más, de dudosa moral, y muchos con conexiones en el exterior que operaban como agentes del delito y a sus órdenes, formando verdaderas bandas criminales.
Soy psiquiatra y psicólogo, y fui contratado por el Papa, o mejor dicho, por el vaticano, como profesional laico inscripto en el papado, para darle a conocer de primera mano la problemática de los presos. ¿Por que fui elegido? Pues porque pasé veinte años en prisión por un delito que no cometí, hasta que la corte suprema de justicia de Argentina me absolvió después de insufribles instancias judiciales, y me compensó económicamente por el ultraje recibido; claro que ello no me devolvió los veinte años perdidos, pero por lo menos logré que se hiciera justicia, ¡para mí y por mi honor! Lo que motivó que la curia romana notara mi vocación humanitaria, fue el perdonar a mis verdugos en un comunicado que difundí a la prensa. También fui muy valorado por las autoridades políticas en el área de la penitenciaría federal, cuando se conoció la absolución y los motivos de mi injusta detención.
En el camino perdí a mi familia que nunca creyó en mi inocencia, y para cuando recibí esa última sentencia del máximo tribunal, ya mi mujer se había vuelto a casar y tenía dos nuevos hijos con su flamante pareja. Mi único hijo creció, (por supuesto influenciado por la madre) pensando que era vergonzoso tener un padre como yo, y me corrió de su vida. Cuando se enteró de la verdad, ya habíamos perdido el vínculo y nunca más lo pudimos recuperar. Quizás mis nietos se acerquen a mi lado antes de morir, aunque más no sea para explicarles mi caso, y si eso no ocurriera, les dejaría una carta más o menos parecida a la que a Uds. les he escrito, contándoles además el reconocimiento conque fui distinguido por el vaticano.
Me falta agregar algo importante que no puedo dejar pasar. No voy a poder seguir escribiendo porque fui contratado “ad honoren” como secretario de Dicasterio para la comunicación, por el Papa, para hacer lo mismo que hice aquí en Argentina y en la región, pero en Italia, aunque no ya respondiendo cartas de los presos, sino yendo a visitarlos para tener una mejor impresión, no solo de la problemática de cada institución, sino del perfil psicológico de cada recluso, lo cual me va a demandar mucho tiempo y energía, por supuesto a mi edad bastante escasos. Antes de abandonar la Argentina hice un informe completo de las deficiencias del sistema carcelario para que sea elevado a las máximas autoridades políticas del gobierno con al aval del su santidad el Papa, que también estampo su sello, además de delegar en el Cardenal de Argentina la tarea de seguir de cerca los temas que manifesté detalladamente para que se sometan a estudio y solución. ¡Es mi humilde herencia!
El mayor deseo que quiero trasmitirles en este momento, es que sean lo más felices que puedan, y aconsejarles que busquen la paz en vuestro interior, ya que es lo único que puede aliviar nuestra pena. Olvídense de las venganzas porque se vuelven en nuestra contra en cuanto las proferimos, y nunca abandonen la fe; si son creyentes, la fe en Dios, y si no lo son, la fe en ustedes mismos. Espero que la navidad que pronto está por llegar los encuentre en las mejores condiciones de ánimo y fortaleza. Nunca olviden que el máximo don que se nos fue dado es la vida, todo lo demás pasa a segundo plano.
¡Hasta siempre!
Domingo Pródigo Pugliese