Desde la cárcel, 12 de setiembre de 1999
Sr. Domingo Pródigo
    Me llamo Rubén Vallese y soy del barrio de Constitución sobre la av. Entre Ríos entre Pedro Echague y Brasil, frente a donde en un tiempo no muy lejano existió el arsenal. Todos en la zona lo conocían con ese nombre, aunque desde bastante atrás ya estaba fuera de actividad, y el ejército se había desprendido del predio. Estaban loteando esas hectáreas para recuperar el espacio público, excepto una donde se construyó el hospital de niños Garrahan, sobre la calle Combate de los Pozos. No sé si conoce el barrio.
    Más o menos a los catorce años comencé a escribir, atraído por lecturas fantásticas en un principio y clásicos más adelante, cuando las aventuras ya me aburrían bastante. Después de la escuela secundaria, llegaba a mi casa, hacía los deberes o estudiaba alguna materia que pronto iba a tener que rendir, y me ponía a escribir. O para alternar entre Hobbies, tomaba cualquier libro de la biblioteca de mi madre y comenzaba a leer.
    Todo iba más o menos bien, hasta que la situación económica de mi familia comenzó a deteriorarse y fue necesario buscar trabajo con la condición de no dejar la escuela. Así fue que me pasé al turno noche de la ENET para poder trabajar durante el día. Tuve la suerte de que un compañero de la escuela me hizo entrar a un hotel de turismo en el centro de la ciudad donde él trabajaba durante los tres meses de vacaciones, y allí comencé como lava copas y pronto me transforme en mozo. Eso fue muy provechoso porque además del sueldo, recibía buenas propinas de los turistas, la mayoría de Brasil y Europa.
    No sé si era necesario aburrirlo con todo este historial autobiográfico, pero me animé a hacerlo, porque entiendo que a Ud. le interesa conocer un poco la vida de los reclusos. Sigo con algunos detalles más y luego le cuento porque estoy aquí.
    Hoy a los cuarenta y nueve años, tengo escrito varios trabajos, la mayoría ensayos, pero también cuentos y poesía, además de una novela que fue publicada y tuvo bastante repercusión. La misma editorial me contrató para participar de una antología de cuentos y más tarde en una de poesía. Para entonces, estaba casado y divorciado, y tenía dos hijos varones, ambos ya mayores de edad y pronto a darme algunos nietos.
    La vida me sorprendió con la noticia de que mi hijo menor estaba enfermo, lo que después de innumerables estudios arrojó el peor diagnóstico que un padre puede recibir sobre la salud de su hijo. En mi familia paterna ya había antecedentes. Mi padre había muerto de cáncer de garganta y mi abuela materna de origen español, de cáncer de mama. Nunca imaginamos todos en la familia incluida mi ex esposa, que la enfermedad de estos familiares se pudiese replicar en mi hijo. Por supuesto durante el proceso de diagnostico, los médicos nos explicaron cómo podían genéticamente impactar en descendientes directos o sanguíneos sin que hubiese casos ni en la madre ni en mí, pero ya era tarde. Nunca sospechamos nada hasta que cayó enfermo, porque mostraba un vigor y un espíritu que poco se lo podía asociar con una enfermedad terminal. El proceso insano ya estaba avanzado para cuando lo internamos y nada de lo que intentaron los médicos sirvió para detener y mucho menos remitir la enfermedad. Pasaron los meses, y luego los años hasta que nos dejó definitivamente.
Por supuesto abandoné la escritura y me sumergí en una profunda depresión, que casi me lleva al suicidio. Una noche después de beber en exceso, al punto de tambalearme al caminar, subí a mi auto para manejar sin destino ni objetivo, solo para evadirme; mentira inventada por mi conciencia. Recuerdo que había llegado sin saber cómo a la avenida Córdoba que es mano hacia el norte, parece que el verde de los semáforos sincronizados me sirvieron de motivación para acelerar en la más vertiginosa carrera, hoy pienso hacia la muerte, pero frustrada en su intención. Desperté en un hospital, creo que era el Pirovano lleno de tubos y mangueras, un brazo enyesado y dolores insufribles en todo el cuerpo. Si todo hubiera terminado ahí, solo hubiese sido un castigo a mi cuerpo y nada más, pero el castigo fue mucho mayor e involucraba a mi espíritu. En mi loca carrera, había matado a un hombre que cruzaba la avenida con el semáforo a su favor, y como si eso fuera poco, lo deje abandonado en el asfalto prosiguiendo mi desenfrenada  carrera. Hoy pienso que lo mejor hubiera sido haber muerto, para no sentir la culpa y el remordimiento. Todo me lo enteré por un agente de policía que custodiaba la entrada a mi habitación. Estaba roto y detenido.
    Ya llevo tres años detenido y recién comienzo a intentar retomar el sendero de la paz que perdí quizás con justa razón, pero que también se la robé a la familia de la persona que atropellé. Aquí en la cárcel, entendí con más claridad, que la vida tiene un valor que difícilmente le damos en condiciones ordinarias. No lo vemos como un don, sino como algo que tiene un valor relativo. Si lo tengo, lo uso y listo. Estoy volviendo a escribir, y lo primero que hice fue escribirle una carta a mi hijo, que me gustaría compartir con Ud. Le puse el título de: “Carta tardía a un hijo presente” (endosada por el corazón). En la próxima se la envío, para que lea de primera mano el dolor de un padre que perdió a un hijo, y si se anima para que apruebe o desapruebe, no el tenor, sino la emoción vertida, ya que de esa manera, estaría mostrando mi cara más humana.
    Gracias por leerme y hasta la próxima misiva.
    Lo saluda un triste pero honrado admirador
   Rubén Vallese
    

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