Desde la cárcel, 6 de agosto de 1999
Sr. Domingo
    Me llamo Armando Cejas y estoy preso en la penitenciaría federal. Tengo una condena a 10 años de prisión por falsificación de moneda legal (Australes). Actualmente tengo 36 años, y ya hace dos que estoy en la cárcel. Ahora estoy en Devoto, pero me dijeron que este año me iban a trasladar a Marcos Paz. Después que terminé la secundaria donde me recibí de técnico mecánico a los 18 años me puse a trabajar con mi viejo en una pequeña imprenta donde hacíamos trabajos menores como: volantes, tarjetas personales, talonarios de facturas o remitos y algunas cosas más. Con lo que ganábamos apenas alcanzaba para cubrir los gastos de impresión y los de manutención de la familia, ya que en casa éramos cuatro. Yo tengo un hermano más chico de 25 años, o 26; no me acuerdo bien, pero en ese momento el tendría más o menos 9 o 10 años. Mi vieja pobre… hacía piruetas para que la plata alcanzara, era muy abnegada, pero cuando se enteró de que iba a ir preso, no pudo aguantar la pena, le agarró un preinfarto, y a los cuatro meses de estar internada murió. El primer parte médico, fue que había sufrido el síndrome del corazón roto, que nunca entendí bien que era, después me dijeron  que ya tenía antecedentes cardíacos. Yo creo que mi sentencia fue la que detonó su muerte. Después el cardiólogo me dijo que murió por una trombosis coronaria, y siempre me quedó la duda de una u otra cosa. La cuestión es que pobrecita habrá sufrido bastante, sobre todo después de que se enfermó mi viejo. Ya pasaron casi tres años desde que murió.
    Como le decía, trabajaba con mi papá en la imprenta, pero me molestaba el verlo renegar con esa maquinita que teníamos, una Minerva automática Heidelberg, que tenía más uso que un buey de carga para el arado, y que ya la había comprado usada, y a cada rato había que parar la línea para limpiarla, engrasarla, ajustarla y otras tareas de mantenimiento, por lo  que la producción era paupérrima. El renegaba mucho… y yo no lo podía ver.
     Cuando se murió hace unos 10 años yo había decidido cerrar la imprenta porque los costos del papel habían trepado una enormidad, igual que las tintas. En ese entonces yo tenía 26 años, y un amigo que siempre venía a estar conmigo en el taller, y que nunca en mi vida lo había visto trabajar, me trajo la noticia que se podía fabricar billetes de 10 y de 100 Australes, pero que con esa máquina no se podían hacer. El conocía a una persona que podía poner la guita para comprar una máquina nueva y donde conseguir el papel y la tinta. En un principio me negué rotundamente, pero más o menos un año después lo fui a buscar cansado de renegar con la máquina y con los pocos clientes que me habían quedado de mi viejo, que no estaban conforme con los trabajos.
    Antes de continuar con mi historia, le cuento que acá me pasaron los datos para escribirle y me dijeron que no le iba a molestar. Si esto no es así, le ruego que rompa esta carta y se olvide de mi caso, pidiéndole por este medio disculpe mi atrevimiento.
    Sigo. Justo para 1990, aparecieron las impresoras láser color de la firma Xerox y compramos una. También conseguimos el papel especial; la tinta ya venía con la impresora, así que nos pusimos a diseñar… me puse a diseñar los billetes, copiándolo de los reales con la imagen del presidente Derqui y la de Sarmiento, hasta que después de unos cuantos meses, ya tenía un producto bastante bueno; no aprueba de expertos, pero si, para hacer circular sin problema. Bueno, sin problema no, pero llegué a colocar en el mercado tres millones de australes en billetes de 100 y un millón en billetes de 10, o sea 130000 billetes en total,  ahí sí con la ayuda de mi amigo el vago. Todo marchaba bien hasta que un comerciante de la zona donde yo vivía empezó a sospechar. Me hizo la denuncia, allanaron mi casa y me metieron preso. Después salí bajo fianza vendiendo todo lo que tenía; saqué una hipoteca de la casa, vendí el auto de mi viejo, y salí, a la espera del juicio, que duro más de seis años; me declararon culpable y me sentenciaron a 10 años de prisión.  Por supuesto que mi amigo y el financista desaparecieron.
    Ahora, lo único que tengo es a mi hermano menor, Santiago, que se quedó con una tía nuestra, hermana de mi mamá que había enviudado,  y los acogió a los dos, a Santiago y a mi mamá, porque la hipoteca de la casa no la pude levantar y me la sacaron. Todo porque mi viejo había hecho los papeles a mi nombre. ¡Que desgraciado soy! La cuestión es que no sé nada de Santiago. Cuando supo lo que yo había hecho se enojó mucho conmigo y nos dejamos de hablar. Hoy quisiera hablarle y pedirle perdón,  pero no contesta mis cartas.
    Bueno… esta es mi historia, que aunque sea mediocre en cuanto a la falta de profesionalidad, la ingenuidad mía y mi escasa experiencia en estas cosas, me ha destruido por dentro. Tengo una pena que no puedo soportar por el daño que le hice a mi familia. Espero que Dios se apiade de mí y me absuelva. Por otro lado, si Ud. quiere contestarme esta carta, le estaré eternamente agradecido. Estoy preparado para escuchar, bueno… o leer cualquier crítica o juicio viniendo de Ud. porque me dijeron que es una persona muy equitativa.
Le mando un saludo sincero, y gracias por leerme

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