Devoto, 27 de julio de 1999
Estimado Sr. Pródigo
   Su última carta abrió una ventana de esperanza y reflexión que nunca imaginé que pudiese  existir. Sin lugar a dudas, Ud. ve las cosas desde otra óptica, cosa que yo jamás podría lograr.
El hecho de estar separado de mis hijos y del mundo en general me produce una tristeza que solo puedo superar de a ratos. Dos por tres tengo ataques de depresión que me dejan en estado de agonía espiritual, al punto de desear salirme de este camino por la vía más seductora a la que siempre arribo durante estos episodios. Espero fervientemente no estar agotando su paciencia, porque Ud. es el único que me puede ayudar a sobrellevar esta angustia existencial, que ya lleva más de tres años.
   En párrafos anteriores le contaba como había quedado la escena en mi casa al encontrar a mi mujer con un joven ambos en paños menores. También, le decía que había tomado mi abrigo, y sin decir una sola palabra me había retirado totalmente perturbado, al punto del desquicio de mi espíritu.
   Pues bien… me detuve en el pasillo que comunica los distintos departamentos, creo que se llama comúnmente el “palier”, sin saber con certeza cuantos minutos, hasta que el ruido de una puerta que se cerraba a mi costado me saco del estado de confusión y delirio en que me hallaba. Salía a toda prisa, casi corriendo, el muchacho que se hallaba con mi mujer; traté de alcanzarlo para castigarle rudamente, pero, joven, delgado y ágil, se me escurrió de las manos escaleras abajo, hasta que una vez en la calle se perdió entre la muchedumbre. Loco de furia y odio, entré al departamento decidido a todo, pues ya no tenía nada que perder, considerando que había perdido lo que más me importaba, a parte de mis hijos, y me dirigí hacia la cocina; tomé una cuchilla del cajón de los cubiertos y me fui hasta el dormitorio, poco menos que bramando maldiciones a diestra y siniestra; la saliva se me escapaba de la boca como si fuese un lobo hambriento, al pasar por el baño, puede ver mi rostro en espejo del botiquín totalmente desencajado. Allí encontré a Estela sentada en el borde de la cama con las manos cubriendo sus mejillas. Ni bien me vio con el cuchillo en la mano, comenzó a suplicarme que la perdonase, o por lo menos eso me pareció entender, la verdad es que no estoy del todo seguro. Al darse cuenta que no atinaba yo a demostrar la más mínima piedad, y viendo que me acercaba furioso y embrutecido, comenzó a gritar, como se dice, a “gritos pelados”, y entonces la empuje para que quedase recostada en la cama, mientras suplicaba sollozando que no la matase. Ahí en ese momento se me nubló la mente; sentí un escalofrío que me corría por la espalda, y casi totalmente inconsciente, pues solo veía a un enemigo mortal, le clave el cuchillo en el corazón. Un murmullo ensordecido apagó los últimos gritos de desesperación de Estela.
   Segundos después, o eso me pareció, o tal vez fueron minutos, comprendí lo que había hecho. Me pareció atroz, trate de recrear lo que había ocurrido pero no lo logré en lo inmediato. Al ver el cuerpo inerte de Estela inmerso en un charco de sangre que aún las sábanas no habían terminado de absorber, comencé a llorar desesperadamente. Lo primero que se me cruzó por la mente en ese momento fue suicidarme, pero súbitamente me acorde de los niños que en unas pocas horas estarían de regreso de la escuela, y ello me motivo a tomar medidas para que no viesen una escena tan dramática. Lo primero que hice fue telefonear a mi padre para que vaya a buscar a sus nietos a la escuela, antes de que el micro escolar los trajese a mi domicilio, y que los llevase a su casa. Después llamé a la policía.
   Nuevamente tengo la necesidad de pedirle sepa perdonar la interrupción de mi relato, porque no puedo contener mi perturbado espíritu. Si a Ud. no le importa, pronto le estaré enviando mas detalles de mi triste historia, y como, no me puedo sacar el fuerte dolor que golpea incansablemente a mi corazón.
Le mando un fuerte abrazo
Antonio Arauzo

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