Cárcel de Devoto, Mayo 16 de 1999
Al señor Domingo Gerardo Pródigo.
Estimado Sr. Pródigo. Intento escribirle aunque no esté seguro de que Ud. reciba estas líneas, porque he leído en un diario que ocasionalmente nos llega a la prisión, en una nota que le hiciera un periodista, que Ud. mantiene correspondencia con convictos de varias cárceles del país, con un marcado acento altruista. La mayoría de nosotros hemos sido abandonados por familiares y amigos, y por lo tanto, no solo nos falta comunicación con el exterior, sino que además fuimos olvidados por los nuestros, al punto de no existir para ellos. Mi apreciación al respecto, es que muchos de nosotros hemos tenido que soportar un doble juicio. Uno de la justicia penal, y otro de índole moral de nuestros seres queridos, como si ellos fuesen parte de un tribunal superior. Por eso, sería gratificante que fuésemos escuchados, a pesar de los prejuicios que la sociedad impone sobre familiares presos (muchas veces aceptable) no obstante, a pesar de pagar nuestra condena sin chistar.
De la misma fuente obtuve su domicilio postal, y antes de contarle mi historia, que seguro lo va a sorprender, me resultaría necesario que se tome la molestia de confirmar esta actividad tan noble que parece Ud. poseer. Lo que menos me interesaría es que mi carta, con mucho y sensible contenido, quede por ahí pululando o en manos inescrupulosas, que dicho de paso, aquí lo que sobra, son inescrupulosos. Aquí me pusieron el sobrenombre de Cornelio. Puede Ud. usar ese apodo para conmigo.
Agradeciendo de antemano, pueda o no pueda Ud. responderme, lo saluda con la más sincera demostración de afecto
Antonio Arauzo