Costa Azul, julio 18 de 1999
Estimado Antonio
Voy entendiendo por donde viene la culpa y el dolor por lo ocurrido, aunque me falten argumentos aun no revelados en su última carta necesarios para una evaluación más concienzuda de su caso. Ante todo le quiero decir que no soy un profesional académico. Ni psicólogo, ni psiquiatra, ni nada similar; solo un desinteresado colaborador de causas perdidas. Le comento esto, porque no siempre encuentro las palabras justas, o mejor dicho no siempre logro llegar a ese rincón oculto donde se encuentran las emociones más intrincadas y contradictorias entre sí, que el alma humana atesora como dentro de una caparazón blindada. Dicho lo cual, le pido encarecidamente que no genera expectativas demasiado altas sobre la contención que supongo Ud. espera de mi aporte.
En principio, me permito corregir sus palabras iniciales. No puede decir Ud. que “era ingeniero”. La sentencia que la justicia dicto sobre su culpabilidad, no contempla la pérdida de su profesión, cabal y dignamente conseguida en la facultad, seguro luego de innumerables esfuerzos y privaciones. Tenga presente por favor, que Ud. sigue siendo un ingeniero electromecánico, y que además, aunque le parezca lejano y poco probable, en el futuro, ni bien terminada la condena, debería volver a ejercer su profesión dignamente.
Cada vez que tome conciencia de su presente, que seguro le debe resultar desalentador, viaje al futuro. Un futuro posible que contemple los mejores aspectos de su pasado, como admitiendo que existe un balance entre lo bueno y lo malo que como humanos imperfectos y apasionados debemos encontrar. No para justificar nuestros errores, sino para superarlos por medio de la acción reparadora. Y quizás Ud. me diga que lo que hizo no se puede reparar, y en ese sentido estoy obligado a darle la razón, pero… ¿lo volveríamos a hacer? Esta pregunta nos puede ayudar a encontrar ese balance del que hablo. Si permanentemente hacemos cosas malas, entonces no hay balance. Poro si se comete un error grave, y se siente arrepentimiento, el resto de su vida, en cualquier ámbito, se lo podría compensar con actos de grandeza. Ahí mismo en el penal por ejemplo.
La traición, junto con el odio y otros males, son poderosos y complejos sentimientos negativos, pero de ninguna manera justifica medidas extremas para desarticularlos, porque terminaríamos siendo iguales o peores a los que lo practican; sin embargo, son los que más arrebatos emocionales generan porque golpean de lleno en nuestro ego. Disculpe Ud. la crudeza, pero intentar esconderlo resultaría hipócrita. ¿Alguna vez se preguntó si en un rapto de pasión donde se viera obligado a ser infiel, podría resistir? Ésta reflexión no es para desmoralizarlo, al contrario, es para reconocer que como seres imperfectos, somos capaces de cometer graves errores, pero también, aprender de ellos para no solo no volver a cometerlos, sino para ayudar a otros a no liberar de nuestro espíritu la ira y la venganza, sino contenerlos. ¡Los muertos no sienten nada, pero los que quedamos sufrimos por los dos!
Le mando un sincero saludo y espero pueda terminar su relato, que tanto me va a servir para completar mi apreciación, como a Ud. que seguro va a sentir en parte un desahogo espiritual.
Domingo Pródigo