Carta N° 26   Que tal Patricia. Ya sé que estoy un poco desaparecido pero las cosas no siempre salen como uno espera. Su caso es uno de esos que no se puede entender porque de golpe y sin motivos le cambiaron la vida al toparse con ese maleante, como si el destino estuviese jugando a los dados. Mi caso no es ni remotamente parecido al suyo, pero lo que quiero decir es que suceden cosas que no podemos evitar. Lo cierto es que estoy de vuelta, tratando de responder un montón de cartas atrasadas, pero les voy avisando a todos que pronto dejaré de hacer esta tarea que aunque me apasiona y me hace sentir más humano y útil, no voy a poder continuar por problemas personales.
   Yendo de lleno a su caso, como decía antes, entiendo que debe ser muy traumático para Ud. por resultar desde todo punto de vista injusto. Claro que la muerte de una persona, policía, albañil o médico, no importa la profesión, siempre despierta un sentimiento de piedad, por ser la víctima. Si la asesinada hubiera sido Ud. seguro, la sociedad lo hubiese justificado; hubieran dicho: y bueno, ¡era una prostituta! Así somos a la hora de proteger al victimario cuando pasó a ser víctima, porque nadie hubiera creído que antes de morir, estaba intentando matar a una persona inocente, solo porque la placa de policía lo autorizaba a usarla indiscriminadamente, y sin que haya habido riesgo de muerte para su persona.
    Estuve en Cochabamba 233 y conocí a su hermana Sofía. Ella en un principio se mostró reacia a hablarme, pero logré persuadirla para que me escuchara aunque más no sea por educación. Le conté la preocupación que Ud. tenía sobre la escuela que le había dejado sin darse cuenta, y lo arrepentida que se sentía de haber hecho esa vida, pidiéndole que la vaya a visitar, pero más que nada pidiéndole que no siguiera sus pasos. Como le dije, al principio esquivaba la mirada, no sé si por pudor o por fastidio, pero poco a poco, al escuchar mis palabras sencillas, bien intencionadas y en un tono conciliador, se decidió a prestar más atención. Lo que creo que más la movilizó, fue saber que un extraño se ocupase en escuchar desinteresadamente a una persona detenida, cuando la propia familia ni siquiera quería oír de ella. Le expliqué como mejor pude, que Ud. ya había sido juzgada y condenada por la justicia, y que no debía volver a ser juzgada por su familia, por lo menos hasta no conocer los detalles de lo sucedido y las buenas intenciones que dentro suyo había. Espero haber cumplido con la misión encomendada y que las cosas se vayan  acomodando de apoco, que sería lo más gratificante. Sofía no me prometió ir a visitarla, por no demostrar debilidad, pero creo que pronto va a saber de ella y del resto de la familia. Pórtese bien para no dar motivos a la justicia de ampliar la condena a mayor tiempo y así salir cuando termine este calvario y pueda retornar a la libertad.
Le envío un abrazo fraterno y le deseo lo mejor.
Domingo Pródigo

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