Cárcel de Devoto, 29 de junio de 1999
Al señor Domingo Pródigo
    Estimado Sr. Pródigo. Gracias por su desinteresada misión para con aquellos que solos estamos. Espero fervientemente no estar encuadrado dentro de sus excepciones para entablar correspondencia. Ya el solo hecho de tener la motivación de que alguien me escucha (o me lee), es para mí un bálsamo reparador.
    Soy, o mejor dicho era ingeniero electromecánico recibido en la UBA con muy buenas calificaciones. En esa época éramos reclutados por importantes compañías industriales con muy buen sueldo y otros beneficios. Actualmente tengo 48 años. A los 36 me casé y enseguida llegaron dos hijos uno tras otro. Una niña hermosa y un robusto y gracioso varón.
    Las exigencias de mi puesto y las no menores presiones que yo mismo me imponía, lograban tenerme ocupado doce o catorce horas por jornada, incluso la mayoría de los fines de semana, por supuesto con el consiguiente abandono de mi hogar, de mi mujer y también de mis hijos. Eran bastante previsibles las consecuencias de mi ausencia, a pesar de haberles pedido a los tres en varias oportunidades, que me tuvieran un poco de paciencia, ya que una vez conseguido el objetivo, el cual era reunir los suficientes fondos para dejar de alquilar el pequeño depto. en el que vivíamos, y comprarnos una casita aunque más no fuera en la provincia de Bs. As. Los meses desaparecían de mi calendario laboral, como rayos fugaces sin siquiera darme cuenta, pero en casa la tristeza invadía mi corazón, como un rayo fulminante. Cada vez más era la pronunciada indiferencia de Estela, que así se llamaba mi mujer, tanto como los desprecios de los niños que parecían no reconocerme ya como su padre. A la par, los fondos para la alimentación; los gastos escolares, el alquiler y otros generales, habían aumentado considerablemente sin cusa aparente. Las respuestas de Estela, eran más evasivas que razonables, pero mi intención no era de desconfianza ni mucho menos, sino por la angustia de pensar que los plazos  se estirarían indefectiblemente, cosa que me dolía más que el dinero faltante en sí mismo. Tratando de revertir en algo esta situación, la cual no pasaría de un año más para lograr la meta impuesta, decidí una mañana salir temprano de la fábrica con la excusa de sentirme descompuesto, para ir a mi casa, con la intención de invitar a Estela a almorzar en un lindo lugar del barrio de Congreso, para coronarlo con una tarde a plena intimidad en el departamento, antes de la llegada de los niños del primario.
    Aquí comienza lo peor de mi historia. Ni bien entro a mi casa lleno de entusiasmo, me encuentro a Estela en ropa interior, abrazada a un joven que no tendría más de veinte años, que la besaba efusiva y ardientemente, ambos recostados sobre un sillón del living. La sorpresa fue atroz, tanto para mí como para ellos. El pánico había invadido a la adúltera, y el joven ladrón de matrimonios, estaba pálido, tratando de encontrar con la mirada una vía de escape. Sin decir una sola palabra, tomé mi abrigo y salí sin rumbo ni objetivo.
    La ira y el dolor carcomían mi espíritu; mi estómago ardía como un volcán en plena erupción, y mi mente, totalmente nublada, no me dejaba razonar. Por momento creí estar loco o soñando, pero la realidad me golpeaba sin pausa, sacándome de posibles falsas interpretaciones. Había sido engañado de cabo a rabo, y eso no se lo podía disfrazar con atuendo o máscara alguna. Cada vez que recreo en mi mente la situación del hecho in-fraganti de Estela, me corren gruesas lágrimas sobre mis mejillas como en este mismo momento; y no por orgullo machista, sino por la pérdida de mi compañera, que creía para siempre.
    Señor Pródigo. No me encuentro bien de ánimo para continuar con mi relato, que por otro lado es el mismo que hice a la policía y ante el juez. Le pido disculpas si le robé demasiado tiempo, y peor todavía, que no concluyo mi triste y penosa historia. Si Ud. no tiene inconveniente y además todavía le queda algo de tolerancia, en breve y cuando esté yo repuesto, le terminaré de contar lo sucedido.
Nuevamente, infinitamente agradecido por atender mí caso, con tanta predisposición y  generosa espiritualidad.
Antonio Arauzo

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