Costa Azul, 15 de agosto de 1999
Señora Zulema
    No sé si deba decirle señora o señorita porque aún no nos conocemos bien. Solo puedo decirle que entiendo perfectamente lo solos que están, y que justamente dentro de mis posibilidades tengo la intención de ayudar a revertir en parte ese estado de soledad, o por lo menos contribuir con una humilde cuota de esperanza para reducirlo.
   Según me contó en su carta anterior, al parecer no están recibiendo la mejor atención que quizás les corresponda, como bien Ud. dice, como seres humanos, pero no tengo el poder para influir en las autoridades para conseguir las mejoras que Ud. está reclamando. Solo puedo intentar enviar una carta de carácter informal al director del penal de Mar del Plata, sin dar el nombre suyo, o sea como algo general y no personal, para evitar desagradables represalias, con la intención de obtener alguna respuesta, seguro más de compromiso que realmente atendida, por lo que le sugiero que no abrase con mucha ilusión esa posibilidad. Lo más eficaz en estos casos es hacerle llegar la noticia de la queja al director con los argumentos del caso, y en lo posible invocar cuantas reclusas piensan lo mismo, número que quizás pese más a la hora de revertir esa situación. Tal vez lo más acertado sea hacerlo por medio de la celadora que con Uds. tiene buen trato, recalcándole no hacer nombres, sino más bien como algo escuchado entre pasillos o en el patio, a modo de información de carácter chimentoso.
   Por lo restante de su pequeña nota, siéntase libre de confiarme lo que desee, que además de la estricta confidencialidad con que trato las cartas que me envían, con gusto le estaré respondiendo en cuanto me sea posible.
Le envío un afectuoso saludo
Domingo Pródigo

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