Carta N° 24                                                                                             Cárcel de Esquel, 24 de setiembre de 1999
    Buenas noches Sr. Pródigo. Usted no me conoce, pero yo sí a Ud., y ¿porque?, porque acá en el penal se habla de lo mucho que ayuda a los presos. Me presento. Soy Cristian Pelufo y estoy en esta cárcel desde hace 2 años. Hace poco me pasaron al pabellón 4 pero estuve un tiempo en el 1. Aquí metido tengo dos ocupaciones importantes: por un lado trabajo en la panadería, yo diría como terapia casera, y por otro, me paso las horas libres enfrascado en la biblioteca (por suerte muy nutrida con obras notables), salvo una hora y media que salgo al patio a hacer gimnasia, o a jugar un partido de football cuando los muchachos organizan algún campeonato, pero solo porque mi cuerpo lo necesita. Soy un apasionado de la  filosofía ahora de grande. Le cuento algo de mi vida para que me conozca un poco más; yo de Ud. tengo muchas referencias que me ayudan a saber que tipo de persona es. Tengo 42 años, estoy divorciado desde hace 5 años y aún no volví a estar en pareja; mi mujer se separó cuando supo cual era mi actividad, además de descubrir que le mentía desde mucho tiempo atrás. Por suerte no tuvimos hijos, y digo por suerte porque estando preso no me hubiera podido ocupar de su formación, aunque siempre sueño con ser papá algún día. Ya sé que ahora no vale arrepentirse porque cuando debí hacerlo me hice el “guapo” y el distraído, en parte obnubilado por la calidad de vida que lograba sostener con mis ingresos, muy abultados por cierto, aunque hoy a la distancia, pienso que estando en las mismas condiciones, no lo volvería a hacer. Claro que no sé como jugaría en mi perfil la tentación si la ocasión se presentase, pero por las dudas no me sometería a prueba. Siempre intuí que el Diablo nunca deja de meter la cola. De ahí, que me la paso leyendo para tener la mente ocupada y no pensar en el futuro; con seguridad incierto, ni en el pasado, cada vez más lejano.
    Cursé tres años en la facultad de odontología porque de joven quería ser dentista, pero con el paso del tiempo comprobé que eso no era para mí. Siempre fui una persona muy activa profesionalmente hablando, y eso de estar quieto en un consultorio sacando o arreglando dientes no me resultaba para nada atractivo, así  que abandoné la carrera y me puse a trabajar en un estudio de comercio exterior. Allí descubrí la pasión por la aduana, y la profesión de despachante me pegó fuerte. Durante más de dos años fui estrecho colaborador del despachante titular de la agencia, pero a medida que iba conociendo de cerca cómo funcionaba el negocio me largué por las mías, no como despachante matriculado, sino como contrabandista; un triste y vulgar contrabandista, aún trabajando en la agencia porque de otra manera no hubiese sido posible. El haber aprendido el código aduanero, el manejo de la documentación oficial para el comercio exterior y algunos gajes del oficio que mi tutor me enseñaba, sin saber, claro, que lo iba a utilizar fuera de la ley, creí tocar el cielo con las manos. Él fue otro al que le pagué muy mal. Se llama Conrado San Martín.
    Al principio fueron un par de bultos que, conociéndome como el ayudante del despachante me pedían que los pasase como declarados, pagándome unos pesos que no eran muchos en realidad, y ahí fue donde caí en la fantasía; se podía llegar a ganar mucho (pensaba). Si no hubiese aceptado esas limosnas jamás hubiese escalado. La cuestión era que con el paso del tiempo, los que me conocían me traían “trabajos” cada vez más voluminoso y por ende cada vez más caros, al punto de incursionar en la alteración del código aduanero y la falsificación de documento público. El “caballito de batalla” era la sub facturación, y esa era mi especialidad. No lo digo con altanería ni con soberbia hoy, pero en ese entonces me jactaba de mi habilidad para que las cosas salieran sin ningún tipo de sospechas. Claro que (ahora lo veo), eso no podía durar en el tiempo porque había muchos ojos puestos en los despachos, incluso competidores míos, personal de aduana y del puerto involucrados, y políticos. Cada vez que repaso lo que hice me tildo de estúpido. Si hubiese hecho la carrera de despachante hubiese ganado más y encima de manera honesta. Son esas cosas que uno las toma como fáciles y se engancha por la comodidad de lo expeditivo. Estudiar cuatro años con privaciones, mal dormido, etc., era todo muy agotador. Lo que uno cree (cuando no tiene una buena base moral) es que el sistema está podrido, y entonces se dice para adentro: ¡yo no voy a ser el héroe de la película! Bueno todo esto ya no sirve de mucho. Solo para recordarles a los muchachos de hoy que tengan cuidado con las tentaciones, generalmente suelen ser atractivas al principio, y dramáticas al poco tiempo.
    La cuestión termina de la manera menos pensada, por lo menos para mí. Ni mi “tutor”, ni ninguno de los que me conocían, ya sean los clientes, o los empleados de aduana, aún sabiendo, o por lo menos sospechando lo que yo hacía, me delató. Bueno hoy no estoy muy seguro. La competencia era muy fuerte y yo era el que más trabajos conseguía, seguro porque tenía una tarifa bastante razonable, y porque siempre me salía todo bien. Todo se precipitó con la llegada de un supuesto “cliente” que directamente me vino a buscar a mí, uno nuevo, nunca lo había visto. El tipo sabía cómo hablarme para no levantar sospechas, hasta que le dije que se lo podía hacer, y que volviera al día siguiente con el dinero. Al día siguiente volvió, pero con la Federal. Era un agente de de la AFIP. Casi me caigo del sopetón, en un santiamén tenía las esposas puestas y me habían metido en un auto particular custodiado por un patrullero. Desde entonces nunca más estuve en libertad, y acá me tiene, todavía me falta 11 años más.
    Ahora que conoce un poco más de mí, quisiera pedirle si me puede conseguir de la biblioteca del congreso o de otra cualquiera que seguro Ud. debe saber cual, todo lo relacionado con el “Positivismo” que aquí no hay nada rescatable, y si puede comunicarse con el Sr. Conrado San Martín para pedirle perdón en nombre mío, se lo voy a agradecer doblemente. Le mando un abrazo, y gracias por leernos a todos.
Cristian     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio